miércoles, 23 de marzo de 2011

El barbero de Bilbao.

El pasado Diciembre de 2010 decidí emprender un viaje a Bilbao, entre otras cosas, con la excusa de cortarme la coleta, que hacía tiempo molestaba a mi cabeza. Enseguida empecé a buscar una barbería de corte clásico y encontré una que parecía perfecta para mi plan en la Calle Pelota del barrio de Abando. Mientras el peluquero hacía su trabajo, me fijé en un par de maquetas de barco que tenía a un lado del mostrador en proceso de construcción. Cuando llevábamos un rato con la faena, entraron dos señores que se interesaron por el tema de las embarcaciones miniatura. Entonces, una vez se marcharon los dos señores, el barbero casi se vio obligado a explicar el porqué de las maquetas y su relación con la barbería que regentaba hace años. Él, en los ratos que no pelaba a nadie, se dedicaba a construir esos barcos tan minuciosos allí mismo. Y para pintarlos, confeccionaba sus propios pinceles con el pelo de sus clientes... Mi coleta a su servicio pensé, al servicio de esas maquetas que navegarán por los salones de Euskadi, en las salitas de los diminutos marineros románticos, que fantasean con arponear ballenas jorobadas, que ensartan sueños marinos y descansan en su sillón de cuero; contemplando su nave coloreada con gusto por el fígaro, diestro garfio conquistador de archipiélagos lejanos. El explorador de las brillantes playas de las calvas ajenas, el sabio talador de sables cruzados de las barbas de cetáceo sobresalientes, de los bosques de cabello sobrante de otros idealistas pacíficos, que permiten a su quijote amigo, confeccione sus brochuelas precisas a su costa; una costa de alopécicos litorales, bañados por el utópico mar de colonia en constante vaivén.

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