martes, 23 de junio de 2009

Gran Torino.

Parece que el lagarto cornudo lleva años indicando el camino a nuestro anciano favorito. El antiguo látigo cierra el círculo que abrió con "The Outlaw Josey Wales" (Clint Eastwood, 1976), quiero creer, consciente total de que el final se acerca y no hay que dejar para mañana lo que puedas hacer hoy. Así con "Gran Torino" (Clint Eastwood, 2008) nos deja una obra que, aunque mañana le visitase la guadaña y tuviese que partir, se sostiene solita y sin complejos. Esperamos aún le queden muchos cartuchos por disparar, pero, por si las moscas se lo llevan antes, ahí queda eso.
Se puede hablar largo y tendido sobre la relación entre la carrera completa de Eastwood y "Gran Torino". El padre de la criatura tiene suficientes facetas como para escribirle un buen libraco. Pero como no pretendo ahora analizar nada en profundidad, sólo apuntaré cuatro cosas sobre el asunto. En principio no quería escribir nada sobre el tema, pues sería un trabajo que, ahora mismo, no podría desmenuzar. Pero después de leer una "crítica", de un supuesto "profesional", sobre "Gran Torino", he escupido al suelo y me he dicho: ¡Qué demonios!
En el "Gran Torino" Eastwood se hace un homenaje muy bien parido, sencillo, sólido, con guiños constantes a su propio cine como actor y como director (sobre todo como director). En una especie de caricatura compendio de su personaje, personajes, a lo largo de su extensa carrera. Una caricatura que cae simpática, como casi siempre, por exagerada a la vez que tierna, por intercalar humor y drama con sabiduría; por reflejar, al fin y al cabo, la vida corriente, sobre todo, en momentos poco corrientes.
El paralelismo con el personaje de Josey Wales es un cachondeo, que, además, se permite mimetizar con el veterano Mr. Kesuke Miyagi de "The Karate kid" (John G. Avildsen, 1984) invirtiéndolo, sumando y siguiendo por cierto cine de aire pacifista.
La peli no deja de ser un círculo perfecto, dentro del cual intenta abarcar muchos de los aspectos conflictivos de nuestros días. Nos cuenta una pequeña historia, aunque, claro está, alrededor hay algo más que un mero cuento de barrio. Lo mismo pasa con los juegos visuales, que van del trazo grueso al sutil y acompañan bien a los diálogos y, en definitiva, a un guión bien trabado.
Quizás el personaje principal evolucione demasiado rápido, quizás es que nos sabe a poco y querríamos que no acabase nunca. Sea lo que fuere, siempre mantiene viva su esencia y no se traiciona en ningún momento.
Eastwood se ha hecho un buen director y puede llegar a ser mejor. Si los de arriba le dan algo más de tiempo.

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